martes, 9 de marzo de 2010

Los Nuevos Sabores de las Musicas Colombianas

Por Saia Vergara.

"...Los ahorros de todos estos años de trabajo incesante y la misma convicción de los inicios les han alcanzado para grabar algunos discos –no tantos como quisieran-, para viajar a festivales nacionales e internacionales –tampoco tantos como quisieran- y, lo más importante, para crear sus propios sellos discográficos que hoy son semilleros de los nuevos talentos.

Si estuviéramos en Argentina, Brasil o México la solidez y singularidad de estos músicos les habría alcanzado para múltiples giras, la grabación de un disco por año y quién sabe qué más reconocimientos de la crítica nacional e internacional. Pero en Colombia la vida fluye a otro ritmo. En Colombia, hablando en términos futbolísticos, los artistas jugamos tiempos suplementarios como si fueran los minutos iniciales de la primera mitad. Y no nos damos por vencidos. Si algo hemos aprendido en este país donde la realidad siempre supera la ficción es que la dificultad también alimenta la pasión..."

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miércoles, 30 de septiembre de 2009

lunes, 8 de junio de 2009

Corazones Palpitando-Cerebros Conectados: Apuestas a las Nuevas Música en Bogotá

Por: Johanna Pinzón R.

Pareciera que ser independiente se toma cada días más los ámbitos de la vida. Esta figura de independencia, que en el caso de la industria de la música, se resiste al sistema de los “majors”, plantea transformaciones en los modelos de sostenibilidad y le apuesta a propuestas creativas que no hacen eco a formulas comerciales ni estimulan el ocio hacia la innovación, son una de las discusiones que más se respiran en éste siglo XXI y que vale la pena poner sobre el tapete desde la experiencia de colectivos de la ciudad.

Era la época de los noventas cuando los seguidores del jazz fusión y el jazz rock en Bogotá salían a la calle 19 a comprar clínicas en VHS de Dave Weckl, Jaco Pastorious , Vinnie Colaiuta y por supuesto el infaltable video-concierto en casa de guitarristas: G3 (Steve Vai, Joe Satriani y Yngwie Malmsteem). Sin duda alguna, la interacción entre el jazz y los medios electrónicos se tomaba con fuerza las facultades de música, los festivales, las tiendas de discos y los ensambles. Cómo olvidar el majestuoso concierto del grupo belga Aka Moon en Jazz al Parque de 1996 o el de Courtney Pine en el Teatro Libre; las deliciosas trasnochadas en los Jams de Tocatta y Fuga del Barrio la Merced; los innumerables grupos de regiones que sonaron en el Festival de Jazz Universitario-que aprovecho estas líneas para expresar mi profunda nostalgia por su desaparición fulminante; las primeras versiones de bambucos, torbellinos y guabinas adaptadas a swing, boogie, be-bop, funk; la consagrada labor de la Revista que Suena de Javeriana Estereo por más de 10 años impulsando la investigación y la crítica musical desde el impreso. Cómo olvidar que ya son más de dos décadas en las que-a pesar de- se sigue haciendo jazz y un sinnúmero de mestizajes musicales.

La vida de una ciudad es como un péndulo que toma fuerza y velocidad en muchos casos por un Quijote que camina hacia adentro, hacia afuera, hacia los lados, hacia aquí o hacia allá con un interés de consumación de los deseos propios o de los demás y en muchas otras historias, no es un Quijote sino 2, 3, 4, corazones palpitando; 2,3, 4 cerebros conectados; 2,3,4, sueños puestos en común. Dos caminos que no son aislados y enemigos de toparse el uno con el otro al pasar el tiempo. No hay Quijotes sin Sanchos, no hay Moisés sin Aarones, no hay sonoridades sin comunidades.

En el 2004 surge el colectivo Asdrubal conformado por 6 integrantes influenciados por John Zorn, Johan Coltrante, Charles Mingus, entre otros grandes exponentes del Jazz en el mundo y por bandas como el Bloque de Búsqueda y Curupira, precursores sin imaginarlo en esos años de lo que se hoy se denomina: nuevas músicas colombianas. Esta Banda que nace a partir de una convocatoria, del aquel entonces Instituto Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, no ha dejado de impactar las escena local por su permanente e incansable espíritu de aventurar entre estéticas del rock, la música contemporánea, el jazz y los aires de chirimía y vientos de pelayera. Hay algo que sin duda alguna los identifica: su capacidad constante de replantearse la creación musical. Generar propuestas musicales cuyo fin no sea la apropiación y el perfeccionamiento de un género musical, sino más bien un itinerante viaje sin temor y prejuicios entre los diversos usos del sonido, la instrumentación, las frecuencias y las métricas. Asdrubal podría ser un ejemplo tácito de la “Metáfora del Anfibio”. En efecto, sabe adaptarse a los códigos culturales correspondientes a diversos medios y a diversas tradiciones, pero a su vez, puede tomar fragmentos de latradición e introducirlos en otras, después de haberlos transformado. Su capacidad anfibia, y a la vez ecléctica, de jugar e inventar obras desde múltiples lenguajes, no es más que el reflejo de una habilidad por traducir en sonidos la misma vida cotidiana del ser humano. ¿Acaso somos lo que fuimos y seremos lo que somos?.

Tomo prestada la frase de Fubini “Un lenguaje musical, para serlo, es decir, algo que se disfruta y se comunica, no puede fundarse exclusivamente en una convención cualquiera, sino que debe cimentarse sobre elementos que guarden una estrecha correlación con la psicología de la percepción y con ciertos parámetros profundos, inherentes a la estructura de base del ser humano”

Con una permanente circulación en Festivales de Colombia y la producción de dos discos “Habichuela” y “La Revuelta”; Alejandro Forero, fundador de Asdrubal, también le apostó a crear su propio sello disquero: La Distritofonica, que actualmente reúne y apoya a más de 8 grupos de la escena urbana de Bogotá de los cuales se destacan: Meridian Brothers, La Revuelta, Primero mi Tía, Sepúlveda Sexteto, Cielomama, entre otros. La relación entre Banda y sello disquero independiente no era una fenómeno muy explorado en la ciudad en anteriores años. Ahora se encuentra en auge y parece multiplicarse cada vez más rápidamente.

La agremiación entre músicas locales reflejan ser posibilidades de un desarrollo más fluido en cuanto a actividad productiva y a construcción de nichos que dialogan horizontalmente y se reconocen entre sí. Justamente, la música no solo es una expresión cultural de una comunidad, con un profundo significado identitario, sino que además se trata de una ruta para la creación de valor económico y de emprendimiento hacia la generación de empleos y la remuneración al talento humano. Aunque a muchos les disguste concebir que las músicas pueden producir industria, llegó el tiempo de que la justicia cósmica estimule y retribuya la labor creativa, interpretativa y de composición de miles de músicos en el mundo.

Asdrubal pudo haber tenido otra historia diferente a la que tiene hoy. Quizás enfilando la lista de un portafolio de artistas de un “major”, quizás un único disco producido aisladamente sin proyectividad o quizás pudo haber sido un proyecto que interactuaba solamente consigo mismo al pasar el tiempo. Afortunadamente le creyeron a las señales de la vida cuando les mostró vacios tangibles y evidentes en las músicas independientes. Habiendo soñado despiertos o dormidos; Alejandro Forero, Mange Valencia, Daniel Restrepo, Jorge Sepúlveda, Carlos Tabares, Marco Fajardo y muchos otros, echaron suertes con sus dados y le apostaron a la autonomía, a la libertad creativa y principalmente, a trabajar incansablemente por generar el bienestar común de cientos de músicos colombianos. Hoy ya han pasado 5 años desde que iniciaron tocando Jazz y ahora sus sonidos los disfrutan, los aprenden y los reinventan, ya no solo a partir de un lenguaje musical, sino a partir de todo un entramado de estéticas musicales tejidas en esta tierra.

Hoy Asdrubal se creció y es la Distritofonica, un referente significativo en Colombia de auto-gestión, de auto-producción y de innovación que se constituye en impulsor de espacios que promueven la participación y la integración de colectivos locales. Ya pasará el tiempo y recordaremos que son más de dos décadas en las que se siguen escuchando noticias de la independencia musical.
Por: Johanna Pinzón R.

domingo, 24 de mayo de 2009

LA DISTRITOFONICA: UNA DISIDENCIA SONORA NECESARIA.


Por Iván Benavides.

Hay buena música y mala música; hay músicas comerciales y músicas alternativas; hay mucho figurín y mucho “wannabe”; hay mucho ruido y pocas nueces; pero también hay música que más allá de ser “bonita”, es música “necesaria”, y la Distritofónica es una de las principales fuentes de creatividad y nuevas sonoridades tan necesarias para un país que visto superficialmente, pareciera tener solo dos mega-estrellas pop omnipresentes y algunos músicos “célebres”: celebre que celebre.

García Marquez decía a finales del siglo pasado que nuestra insignia es la desmesura. Lo nuestro en el siglo XXI sería entonces la resaca, consecuencia de la intoxicación por los excesos. Sufrimos de cierta esquizofrenia cultural, vivimos entre el carnaval y la tragedia, en un país que no aprende a dialogar por que tampoco ha aprendido a escuchar. En medio de todo este desolador paisaje no deja de ser por lo menos asombroso que alguien se atreva a ser la disidencia sonora, a proponer una estética lejos de la maquinaria comercial y de las academias.

En medio de la pobreza de la mayoría de nuestras músicas masivas donde muchos artistas parecen clones y todas las canciones una, y lejos, también, de los discursos identitarios de los puristas de la música colombiana y de los cánones de la música “culta”, los artistas de la Distritofónica se atreven a hacer propuestas sonoras arriesgadas y radicales, a romper las barreras entre géneros, a caminar por la cuerda floja y transitar caminos poco seguros, a crear nuevos lenguajes, a habitar los cruces de camino y a proponer mestizajes sonoros inéditos, a provocarnos, a propiciar una escucha atenta para sentir y entender el mundo de otra manera, como lo hacen los artistas verdaderos de todas las épocas.

A NECESSARY SONIC DISSIDENCE


By Iván Benavides.

There is good music and bad music; there is commercial music and alternative music; there are many "posers" and many "wannabes"; there exists "a lot of noise and few chestnuts". But there is also music that beyond being "pretty", is "needed", and La Distritofonica is a major source of creativity and new sonorities which are so necessary for a country that, if looked at superficially, seems to have only two ubiquitous pop mega-stars, and a few "celebrated" musicians: celebrate and celebrate!

García Márquez said at the end of last century that our (Colombian) mark is excess. Our thing in the 21st century would be then the hang-over, a consequence of the intoxication for those indulgences. We suffer of a sort of cultural schizophrenia, we live between carnival and tragedy, in a country that does not learn to dialogue because it has not learnt to listen either. Amid this desolate landscape it is astonishing, to say the least, that someone would be bold enough to be the sonic dissidence, to advance an aesthetic far from the commercial and academic machineries.

Surrounded by most of our mass music's poverty where a lot of artists seem like clones and all the songs are like one, the artists of La Distritofonica are also far from the "identity" discourses by the purists of Colombian music, and far from the canons of "Cultured" music. They dare to make sonic projects that are risky and radical, to break the boundaries between genres, to walk on the tightrope and transit paths that are not safe, to create new languages, to inhabit the crossroads, to give birth to yet-unborn mestizo sonorities, to provoke us, to invite us to an attentive listening experience in order to feel and understand the world in another way, as the true artists of all times do.

viernes, 2 de enero de 2009

La Revuelta Insiste


Insistir es un acto de constante terquedad impulsado por la necesidad de hacer esta música multicolor. Sostener una banda que hace música nueva, que hasta ahora se está abriendo camino, requiere mucho empuje. Así, La Revuelta se crea en contracorriente, se auto produce... y se transforma constantemente, manteniéndose muchas veces gracias a la feliz respuesta de los oyentes y seguidores que, a su paso, va dejando en los conciertos.

La banda ha ido entendiendo en el transcurso de estos 5 años de trabajo, que lo que tiene para dar es grande y que el público lo reconoce en sus presentaciones. Sin embargo, todo este reconocimiento se da, todavía, en unos contextos marginales, un nuevo underground urbano y folclórico.

Su interés es llevar su trabajo fuera de los preconceptos musicales, "más allá" de las clasificaciones estilísticas que reducen la expresión a los recortados cánones del mercado.

Su música es tímbricamente folclórica, con la marimba de chonta, los cantos y los tambores pero su lenguaje es totalmente moderno, la batería, el bajo eléctrico y la guitarra dan cuenta de esto.

Pero todo esto es para despedir al 2008 que ha sido un año lleno de logros y viajes para la banda, asistió al Festival Ollinkan de culturas en resistencia en donde conquisto el público Mexicano ávido de estas nuevas propuestas y dejó muy claro que la música Colombiana está al nivel de cualquiera en el mundo.

En Colombia también tuvo numerosas presentaciones en el marco de Festivales Internacionales como el Iberoamericano de Teatro y el Petronio Álvarez en donde quedo por tercera vez consecutiva entre los finalistas, ocupando esta vez en el tercer puesto en la categoría libre. También fue uno de los invitados a Festiafro en Medellín, un festival que reúne a los mejores intérpretes del la música del pacifico.

Finalmente el año se cerró con la grabación de su segundo CD que recoge el repertorio “cocinado” durante este tiempo y con el lanzamiento en internet del video clip y primer sencillo de esta segunda etapa…. “Callestano”….

Que la sigan gozando y nos vemos las caratulas el año entrante!!!

PD// Un Regalo de nuevo año adjunto…. La versión masterizada en NY de nuestro tema Callestano!!!

www.myspace.com/revueltademarimba

sábado, 29 de noviembre de 2008

La mirada de Barranquilla

Por Manuel Antonio Dueñas Peluffo.

Tal como creo entenderlo, el proyecto de La Distritofónica funciona básicamente a través de la diversidad. No en su sentido más frívolo, que es el de poner en un mismo lugar elementos claramente diferenciados, sino en su acepción de amplitud estética. Quizás eso explique que el catálogo que tienen —amplio y variado, lleno de pequeñas y grandes disparidades— esté atravesado por un hilo conductor, por una atractiva ambición conceptual que lo hace coherente.
Ese compromiso con la diversidad les ha dado pie para desconocer géneros y romper fronteras, al tiempo que los ha puesto a trabajar con músicos eclécticos, decididamente eclécticos, que parecen pequeños universos en sí mismos. Nada mal, me digo yo, para estar situados en un país que todavía reza purismos, y que aún conserva algunas de sus músicas en completa virginidad.
Pero La Distritofónica está en Bogotá, y como tal, desde esa compleja geografía, tiene limitaciones igualmente amplias. Una de ellas, tal vez la más considerable, es que ha desarrollado una mirada a ratos incompatible con el pulso de otras ciudades. Una mirada tan suya, tan propia, que es imposible de extrapolar a otro contexto. Por esa razón, y en un ejercicio estrictamente utópico, he decidido imaginar la posibilidad de una Distritofónica, con sus taras y convenciones propias, en Barranquilla, la ciudad que menos desconozco.
Para empezar, vale bien una confesión: en Barranquilla, salvo por un reducidísimo grupo de melómanos, la producción de La Distritofónica no se conoce en lo absoluto. Esta realidad, que no es nada sorprendente en una ciudad anacrónica como Barranquilla (“la capital de la nostalgia”, diría mi amigo Rafael Bassi), puede deberse en parte a una tendencia cultural: la ciudad mira indefectiblemente hacia el Gran Caribe. Sobre todo hacia Cuba, que es un marco de referencia, pero también de imitación, de copia al carbón y —tanto de peor— de olvido de las raíces propias.
Entre los jóvenes interesados por el jazz, por ejemplo, que forman una generación surgida a principios de este siglo, los modelos a seguir no son Lucho Bermúdez, Pacho Galán o Luis A. Calvo, por decir unos pocos. Por el contrario, se trata de una camada de músicos que sigue con devoción —y hasta el hartazgo— a figuradas consagradas del jazz latino como Paquito D’Rivera, Chucho Valdés, Michel Camilo o Juan Pablo Torres. Como es evidente, el problema no es que se las siga (de lo contrario, caeríamos en un nacionalismo francamente aberrante), sino que esa devoción ciega y empecinada los aleje de otras posibilidades conceptuales alrededor de nuestras músicas.
Este año, con el concierto de apertura del festival Barranquijazz, pude comprobar con nostalgia —pero también, cómo no, con cierto asco— el desgaste de un ciclo en el jazz producido por la mayoría de jóvenes músicos barranquilleros. Hace poco más de siete años, con motivo de la quinta edición de ese mismo festival, el periodista Luis Tamargo escribió: “Al igual que en años anteriores, el litoral caribeño de Colombia demostró poseer un surplus de talentosos jóvenes con notables inclinaciones musicales. Nos percatamos de dicho fenómeno, una vez más, al presenciar la acometida de tres agrupaciones costeñas: Etnia Jazz, Latin Sampling y Wayové”. Latin Sampling, que es la que mejor se mantiene de las tres, estaba destinada a marcar un rumbo, un camino por el cual transitar, pero sobre todo un sonido emblemático, una manera definida de entender el jazz. Lo hizo con creces, a tal punto que dejó unas formas específicamente establecidas, casi unas instrucciones, que se copiaron disciplinadamente en esos siete años largos: el sonido del jazz latino, el formato del jazz latino, la facilidad del jazz latino, la excusa de los tumbaos, la manera tonta y abierta de olvidarse de otras influencias.

Latin Sampling

Pero este año, en ese concierto inaugural, Cucurucho Jazz Band demostró que el modelo estaba acabado, sobre todo al exponerlo en su peor forma: con refritos mal hechos, con interpretaciones rígidas y redundantes, y en especial con inercia. El anacronismo de ese fracaso no parece casual cuando en la ciudad empiezan a surgir (y en algunos casos a consolidarse) otro tipo de propuestas que plantean búsquedas radicalmente distintas. Búsquedas que, al menos en términos generales, intentan construir una mirada más propia del mundo.
Me refiero, por ejemplo, a la Atlántico Big Band, un proyecto que Guillermo Carbó ha conducido con éxito, y que hoy, con casi dos años en actividad, ha alcanzado una madurez indiscutible; a la Orquesta del Carnaval, que de a poco va encontrando su mejor sentido; a bandas jóvenes como Tierras Libres, The Chanclets o Káwara, y a una escena urbana de hip-hop y rap que parece ir creciendo (véase Trewa, encuentro de arte urbano).
Una Distritofónica en Barranquilla no sólo tendría la tarea de estimular esos procesos, la mayoría reveladoramente independientes (quiero decir que, como en el caso de la Atlántico Big Band, no reciben el apoyo de casi nadie y funcionan “por amor al arte”), sino también el reto de darles un marco común que los relacione y explore sus diferencias. Quizás así podría comprobarse que no son fenómenos fortuitos, producidos por el azar, sino respuestas lógicas a la dinámica de una ciudad contradictoria, pueblerina y unilateral que parece estar encerrada en sí misma.
En ese sentido, Barranquilla miraría más hacia Colombia. Hacia el centro y hacia los extremos. Para superar los regionalismos, creo yo, pero también para entablar un diálogo postergado por décadas. Un escenario, digamos, en el que los músicos de acá se interesarían por las músicas de allá, de ese otro país lejano, para poder acabar con un centralismo más bien propio, que comienza y termina en el mar, pero que es tan nefasto como el del frío.
De ahí en más, una Distritofónica propondría transformaciones concretas en el seno mismo de la ciudad, sobre todo a través de la creación o el desarrollo de una crítica cultural a la altura de sus procesos estéticos, la búsqueda permanente por consolidar nuevos espacios y la idea de un público capaz de ejercer su genuino derecho al abucheo. A ese pequeño súmmum de cosas se añadiría, como es evidente, la necesidad de ratificar, articular y fortalecer lo que se ha logrado hasta ahora: un concierto como Navijazz y rock, por ejemplo, donde se reúnen las escenas dispares del jazz y el rock en una sola noche; un evento como el Concurso de Grupos Locales, del festival Barranquijazz, donde se dan cita agrupaciones de la región y el país; iniciativas como la Noche del Río, que contemplan la convicción de exponer las raíces del folclor afro-colombiano a un público joven e inquieto, y el esfuerzo en general de músicos independientes que pasan inadvertidos entre bandas que mueren, reviven o se transforman (aunque, según los cálculos del sentido común, a cada minuto una banda muere o agoniza en Barranquilla).
Hace algunos meses, Carlos Sojo afirmó que el Carnaval no es de Barranquilla, sino en Barranquilla. Sojo, que es un potencial rey Momo, tenía una buena razón para decirlo: Barranquilla es apenas el tema, la excusa para la confluencia, el espacio libre por el que pueden fluir los colores, las máscaras, los espíritus. En el caso estricto de la música (que parece desligarse cada vez más del Carnaval), no sería del todo descabellado pensar que la ciudad conserva cierta mística favorable a lo diverso. Desde el arraigo de la música africana hasta una escena más o menos lúcida de metaleros, pasando por la santísima trinidad de vallenatos, salseros de izquierda y folcloristas abnegados —a la música, pues—, Barranquilla es un circo de voces cruzadas raramente percibido. Una Distritofónica, ya lo sabemos, no sólo se encargaría de darle cierto sentido a ese caos heterogéneo, sino también de suscitar un diálogo en el que sea posible, por ejemplo, que un metalero toque salsa con un vallenato.
Ahora bien, ¿se podría pensar en una iniciativa de este tipo gestada entre músicos barranquilleros? Yo creo que no. Los músicos barranquilleros están demasiado ocupados en ser músicos barranquilleros (con moñas, con inercia mental y con otras cosas). Los independientes (que viven, comen y tocan sus moñas en Barranquilla, pero pertenecen a todas partes) están igualmente ocupados en producir o consolidar una propuesta estética que perdure o muera de inanición. Los otros se fueron, se perdieron o desaparecieron. Quizás en unos cincuenta años —mal contados, claro—, cuando Barranquilla haya solucionado su problema con los arroyos, podamos pensar algo diferente.
Así las cosas, la ciudad tiene que conformarse con lo que tiene, que a veces es muy poco. Uno puede ser optimista por vocación, sin soñar demasiado, pero el panorama resulta desalentador, cuando no patético, si miramos con cierto detalle el centralismo y la ignorancia de muchos de nuestros músicos, además del aislamiento desolador en que se encuentran. Aparte de eso, preocupa que los pocos discos que se logran pasen desapercibidos, como si fueran inexistentes, y que Barranquilla no tenga lugares para escuchar esas contadas aventuras musicales que de tanto en tanto se producen. Preocupa y desespera.
Ésa es, sin embargo, la Puerta de Oro de Colombia: oxidada, lenta y castrada, como en tiempos de una monodia aplastante.

Por favor visitar tambien www.bluemonkmoods.com donde está este artículo, otros aportes de Manuel Dueñas, y mucho mas.